El tiempo lo dirá

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Septiembre de 2013
Iván Obolensky

Vivimos en un mundo cada vez más conectado e integrado. Y mientras confrontamos y vivimos esta complejidad, ¿nos hacemos más inteligentes?

Insectos, plantas, peces, y un sinfín de otras criaturas, desde langostas hasta ranas arbóreas, han habitado la Tierra durante millones de años. ¿El paso del tiempo las ha vuelto más inteligentes? ¿Llegarán a ser tan inteligentes como nosotros?

No parece probable.

Quizás estén evolucionando biológicamente, pero no mentalmente. Si tienen un límite en cuanto a qué y cuánto pueden aprender, ¿qué hace que los seres humanos seamos más especiales? ¿Estamos también evolucionando solo biológica y no mentalmente?

John von Neumann, el matemático de origen húngaro y padre de la Teoría de Juegos, habló de una barrera de complejidad. Existen sistemas simples y sistemas complejos. Los sistemas simples solo pueden crear otros más simples, o sistemas de menor complejidad que ellos mismos. Los sistemas complejos, por otra parte, pueden dar lugar a sistemas más complejos. Lo que separa un sistema simple de uno complejo es una barrera de complejidad. Los sistemas en la barrera solo pueden crear sistemas tan complejos como ellos mismos, pero no superarlos. Simplemente pueden replicarse.1

En un nivel menos abstracto, los humanos engendran seres humanos. ¿Existe alguna descendencia humana que sea fundamentalmente más compleja que otra? Por lo tanto, ¿no encajamos por completo en la barrera de complejidad entre un sistema simple y uno complejo? Esto parece ser cierto no solo para nosotros, sino para cualquier otra especie que procree.

Si nos fijamos en lo que nos diferencia de otras especies, encontramos que tenemos el lenguaje, y tenemos Internet.

Pero aquí está el dilema:

Tan solo con una búsqueda en Google podemos aprender sobre mecánica cuántica, relatividad general, matemáticas avanzadas, la estructura de los cristales, la absorción de calor por el aluminio, la historia de la guerra de guerrillas, los bucles de retroalimentación, los códigos informáticos, así como los hábitos de los habitantes de Tierra del Fuego.

Es fácil y expedito, pero como resultado, ¿nos hace más inteligentes?

En cuanto a mí, puede ser que sepa más, pero que sea más inteligente es algo que está por verse.

Una serie cada vez mayor de libros y estudios reportan que Internet y los dispositivos digitales están haciendo que resulte cada vez más difícil concentrarnos. Una investigación del Centro de Estudios Pew revela que el 77 % de los docentes de nivel avanzado de secundaria considera que Internet ha tenido un efecto preponderantemente positivo sobre el trabajo de los estudiantes en términos de los trabajos presentados; en tanto que el 87 % de estos maestros encuentra que los estudiantes se distraen más fácilmente y tienen periodos de atención más cortos.2

Otro informe que estudió el comportamiento de las personas nacidas entre 1982 y 2002, en términos de aprendizaje y de trabajo, encontró resultados mixtos. La conclusión fue que este grupo, de entre diez y treinta años de edad, dedica mucho más tiempo al uso de la comunicación remota, y que a la hora de trabajar e interactuar directamente con los demás se hallaba muchas veces disperso.3

Un factor que contribuye a este resultado es el hecho de vivir en un mundo sobreestimulado con la información que nos llega a través de la televisión, la radio, Internet, el correo electrónico, los textos, tweets, teléfonos celulares y otros dispositivos electrónicos.

Hoy en día, las generaciones más jóvenes pueden realizar múltiples tareas con una sorprendente habilidad y seguir el ritmo de los textos y tweets mientras caminan, algo que muchas personas mayores no pueden o no quieren hacer. Por otro lado, las generaciones de más edad a menudo logran concentrarse y prestar más atención a lo que están haciendo. Se estrellan también menos con postes y puertas. Ninguna de estas habilidades es, en general, mejor que la otra.

Algunas especies mantienen sus líneas genéticas, ya sea duplicándose, como en el caso de los organismos unicelulares, o a través del intercambio de material genético, cuando son más sofisticadas. El resultado sigue siendo la misma especie. Este acertijo lleva a la cuestión más espinosa de la biología evolutiva: ¿cómo se crean especies nuevas? ¿Alguien ha visto una?

Sin duda, los seres humanos somos más complejos que una ameba. No alcanzamos solamente nuestro nivel de complejidad. Nuestra evolución y desarrollo debe haberse dado a partir de cosas más simples y, por lo tanto, debimos haber roto la barrera de la complejidad. Pero ¿cómo tuvo lugar esto exactamente? No tenemos ninguna prueba concreta de la creación de nuevas especies distintas a un registro fósil que muestra que esto sucedió.

Oímos hablar de nuevas especies descubiertas, o redescubiertas, en lugares remotos, así como de la extinción de especies, pero no de algo como “aquí tenemos una nueva especie que provino de esta especie y que surgió justo delante de nuestros ojos”. (La llegada de nuevas bacterias resistentes a los medicamentos podría ser un ejemplo, pero no han sido denominadas como tales. Se consideran nuevas variedades, no nuevas especies).

Parte de la respuesta a este enigma tiene que ver con el tiempo. El movimiento de los últimos millones de años es comparable a una película en la que nosotros, como criaturas que vivimos entre 70 y 80 años, ocupamos solo un fotograma. No podemos ver el patrón completo, puesto que no hemos estado presentes el tiempo suficiente. Nuestras vidas son tan cortas que ni siquiera sabemos el nombre de la película en la que actuamos. Nos perdimos esa parte.

La singularidad exclusiva de la humanidad es la capacidad que tenemos de registrar nuestra historia. Escribimos las cosas y así lo hemos hecho durante cinco mil años.

Hoy tenemos el contenido digital. Es más rápido y más fácil acceder a él, pero con la velocidad viene quizás el mayor obstáculo que enfrentamos como especie: ¿vamos a permitir —o podemos evitar— que lo que decimos hoy lo conviertan en otra cosa en el futuro algunos grupos interesados en controlar lo que piensan nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos?

¿Por qué es esto tan importante? En el gran esquema de las cosas, lo que separa a la humanidad de todas las demás especies es nuestra capacidad de almacenar el conocimiento que tenemos de la historia en una forma distinta a la genética. Ninguna otra especie puede hacer esto.

Puede ser que teniendo Internet hayamos creado un sistema más complejo que nosotros mismos. Un sistema tan grande y complicado que ahora nos encontremos a merced de nuestro motor de búsqueda favorito. Quien controla la búsqueda, controla lo que creemos saber. ¿Es de extrañar que Google sea una de las empresas más poderosas del mundo?

La falta de tiempo suficiente para observar es parte de la respuesta al enigma de la forma en que traspasamos la barrera de la complejidad. Nuestro período de vida individual es muy corto, pero con el registro permanente que hacemos de la historia en términos distintos a los genéticos, la respuesta puede llegar a evidenciarse con el tiempo.

Otra parte de la respuesta podría tener que ver con el surgimiento.

El surgimiento como concepto hace parte de la Teoría de Sistemas. Hay dos tipos de surgimientos: fuertes y débiles. El surgimiento débil se da cuando una propiedad puede descomponerse en sus componentes individuales. El surgimiento fuerte se presenta cuando las cualidades no son rastreables hasta los componentes de un sistema.

Un ejemplo de surgimiento débil es la descomposición del aderezo de una ensalada en el aceite, el vinagre y las hierbas. A nivel químico, uno de los ejemplos más citados de un surgimiento fuerte es el de la sal de mesa (NaCl). La sal se compone de sodio (un metal que reacciona de manera tan fuerte con el agua que debe almacenarse en aceite para evitar su combustión cuando se introduce en una atmósfera que contiene vapor de agua) y cloro (un gas tan corrosivo que fue utilizado en la Primera Guerra Mundial como arma química). Sin embargo, cuando se combinan estos dos elementos, se disuelven fácilmente en agua y son consumibles. Las cualidades originales no son rastreables.

El problema con el surgimiento fuerte es que parece magia. Esta percepción se debe en parte a nuestra concepción actual del análisis como la simple descomposición de algo en sus respectivos componentes (surgimiento débil). Pero la simple suma de los ingredientes no constituye siempre el todo de una cosa.

La estructura es un componente importante de las cosas. La diferencia entre el carbono en una cerilla consumida y el carbono de un diamante es la estructura.

La secuencia exacta de acciones que deben llevarse a cabo para crear algo también es vital. Calentar o enfriar una sustancia antes de añadir un componente puede marcar una diferencia monumental en el resultado.4

En una escala mayor, el surgimiento se relaciona por completo con la manera en que la vida logró evolucionar del Big Bang hasta el estado actual, miles de millones de años después. Quizás hoy, a medida que nuestro mundo se vuelve más interconectado y comunicado, empiece a desarrollare una nueva estructura con Internet como su base. La humanidad será entonces igual a los miles de millones de microbios que habitan nuestros cuerpos y que llevan sus respectivas vidas, independientemente de lo que el conjunto esté haciendo.

Si la nueva vida se formara como una estructura respaldada por una red como esta, es probable que fuera mucho más compleja e inteligente que nosotros. Después de todo, tenemos nuestras conexiones neuronales e Internet tiene sus conexiones. ¿Qué sucederá cuando el número de conexiones de Internet supere a las que están disponibles en el cuerpo humano?

La diferencia entre un organismo unicelular y un ser humano es inmensa. Para mostrar la diferencia de otra manera, digamos que si tuviésemos 1000 veces el nivel de complejidad e inteligencia que tenemos ahora, ¿estaríamos haciendo lo que hacemos ahora? Es probable que nuestro yo actual y el yo avanzado apenas podrían salvar la distancia. Esta podría ser tan grande, que incluso podríamos no ser conscientes de que se ha creado algo totalmente nuevo y mucho más complejo.

En última instancia, siempre y cuando hubiese suficiente, el tiempo podría decirnos qué tan grande es la complejidad alcanzada. Como incentivo adicional, es posible que nos dijera si la vida, esa película, tiene una continuación: algo por lo que valdría la pena esperar.


  1. Hall, J. S. (2007) Beyond AI, Creating the Conscience of the Machine, Amherst, N.Y.: Prometheus Books.
  2. Purcell, K., Rainie, L., Heaps, A., Buchanan, J., Freidrich, L., Jacklin, A., Chen, C., y Zickuhr, K. (2012) How Teens Do Research in the Digital World, Pew Research Center. Consultado el 19 de septiembre de 2013 en: http://www.pewinternet.org/Reports/2012/Student-Research.aspx
  3. Jefferies, D. (2013) Is technology and the internet reducing pupils’ attention spans? The Guardian. Consultado el 19 de septiembre de 2013 en: http://www.theguardian.com/teacher-network/teacher-blog/2013/mar/11/technology-internet-pupil-attention-teaching
  4. Page, S. E. (2009) Understanding Complexity. The Great Courses. Chantilly, V. A.: The Teaching Company.

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  1. craig
    craig09-27-2013

    Ivan,

    That was a fun article. Good food for thought.

    craig

  2. Faith Lustig
    Faith Lustig12-04-2013

    This text is without a doubt worth reading through. Although we might have a handful of differences when it concerns our thoughts, i respect what you’re telling in this post. A fantastic read!

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