Medellín, Colombia – Impresiones iniciales

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Agosto de 2011
Iván Obolensky

El Aeropuerto Internacional de Rionegro se encuentra a una hora de distancia de Medellín y a una altura mucho mayor que la de esta ciudad, asentada en un valle y atravesada por un río. A medida que el avión se preparaba para el aterrizaje, podía ver como aparecía un terreno montañoso salpicado de árboles y espacios abiertos.

La temperatura de Medellín es similar a la de la costa norte de California. El altiplano donde está ubicado el aeropuerto se llama Rionegro. Todo es increíblemente verde. Medellín está a 1.524 metros sobre el nivel del mar, mientras que Rionegro se encuentra a 2.130 metros. Uno puede fácilmente sentir que le falta el aire. A medida que se desciende a lo largo del costado de las montañas la primera visión de Medellín desde 600 metros de altura es espectacular.

Los fines de semanas, numerosos ciclistas ascienden desde Medellín hasta Rionegro por las laderas de las montañas y luego regresan. La mayor parte de la carretera de dos carriles está bien pavimentada y tiene a lo largo un costado y una zanja de drenaje para eliminar las aguas lluvias. Llueve mucho. El problema es que los arcenes de la carretera son usados frecuentemente por los motociclistas y en muchos trechos la vía se reduce a un solo carril debido a los trabajos de reparación. Incluso el carril activo puede ser bastante irregular. La sola idea de la resistencia que se requiere para trepar en bicicleta por el costado del valle, por una carretera con trechos en malas condiciones, con motociclistas y carros zumbando rápidamente a pocos centímetros de distancia, teniendo que mantenerse en fila a pesar del cansancio y la fatiga por lo menos durante una hora y media, y a esta altura, me hace estremecer. El descenso no es mucho más fácil: la carretera es empinada y la velocidad puede aumentar rápidamente. Debido al tráfico de vehículos que bajan al lado de los ciclistas, estos deben mantener una fila precisa a pesar de los lugares donde el terreno es bastante irregular, lo que realmente le ponen a uno los pelos de punta.

Me contaron de una señora que trabaja como mesera en uno de los restaurantes de Rionegro. Ella vive en Medellín y sube cada mañana y desciende cada tarde, cotidianamente. Debe ser o una madre soltera o cabeza de familia porque el lugar donde trabaja, Crepes and Waffles, sólo contrata personas de esa condición. Sea lo que sea, debe tener la fuerza y la resistencia de un ciclista de talla mundial y una tenacidad que sólo puede definirse como formidable. Por muchos aspectos, su figura es emblemática de los habitantes de la ciudad.

Medellín es una ciudad bulliciosa, que en unos 25 años ha pasado de tener unos cuantos cientos de miles habitantes a 2,6 millones. Las calles son congestionadas, con carros pequeños que viajan al máximo de la velocidad posible. La mayoría son Renaults, Hyundais y Mazdas. En dos semanas vi solamente tres BMW y tres Mercedes. Por cada automóvil hay probablemente de cinco a diez motocicletas, poquísimas con motor superior a 200 cc. Dado el gran ritmo de expansión de la ciudad, la construcción de vías no ha logrado seguir el paso a las exigencias del tráfico y se ha tenido que recurrir a restricciones en la circulación. Algunos días, pueden transitar sólo vehículos cuyas placas terminan en una cifra específica (par o impar). Los infractores reciben multas altísimas. No es infrecuente, para quien se lo puede permitir, poseer dos vehículos para poder circular todos los días.

En los últimos cuarenta años se han demolido vecindarios rurales de la periferia y se han sustituido con edificios de quince a veinte pisos, donde a menudo el dueño del terreno posee un apartamento. La construcción ha sido tan intensa que en sólo una década secciones completas de la ciudad se han vuelto casi irreconocibles.

La seguridad es una consideración importante: cada edificio tiene su propia portería y servicio de vigilancia que controlan el flujo de ingreso y salida. La congestión del tráfico sigue siendo uno de los mayores problemas de la ciudad. La mayoría de las calles son de sentido único, y a veces, sin previo aviso, la dirección se invierte para mejorar el flujo del tráfico. Ni siquiera los habitantes de esas zonas saben con seguridad si su itinerario será modificado. Aun para ir a destinos a pocas cuadras de distancia algunas veces se requieren largas y tortuosas desviaciones. Afortunadamente, en vez de basarse en millones de semáforos, el tráfico se encamina hacia rotondas por lo cual al menos fluye.

Sólo los terrenos vecinos al río o en el centro de la ciudad están en el valle. La mayoría de las viviendas de lujo se encuentran en edificios altos en las laderas de las montañas que rodean el valle. Cuando llueve, el asfalto se vuelve tan liso que es posible a duras penas mantener la tracción para subir. A veces los automóviles se deslizan loma abajo mientras las llantas siguen rodando. Los vehículos que se encuentran detrás se ven obligados a dispersarse como pájaros para evitarlos.

Las motocicletas son el medio de transporte más profuso en Medellín. Cuando llueve, los motociclistas se ven obligados a transitar con mucho cuidado y acometer grandes bajadas que a menudo tienen curvas de noventa grados al final. Es una experiencia que no se olvida fácilmente, aunque sólo sea como observador.

Como las carreteras son tan empinadas, el impulso de los vehículos es frenado por resaltos llamados «policías acostados». Como cada resalto tiene de 20 a 30 centímetros de altura uno los atraviesa a riesgo propio, o por lo menos con todo y todos amarrados como si se estuviera en una competencia en terreno destapado. Aunque para manejar en Medellín no se exige una licencia especial (como en el caso de un piloto que pasa a manejar un aeroplano de alta potencia o un jet), se requiere por lo menos mucha atención y talento.

Para los forasteros Medellín todavía conserva el estigma de Pablo Escobar. Cuando anuncias que viajarás a Medellín o a otra parte de Colombia, los amigos te miran como si quisieran imprimir la imagen de tu rostro en sus mentes, convencidos de que tu expectativa de vida es comparable a la de quienes aman nadar en mar abierto rodeados de grandes tiburones. Quisiera señalar que este estigma dura ya dieciocho años, pues Pablo Escobar murió en 1993. Esta visita a Colombia me dejó agradablemente sorprendido, no sólo nunca me molestaron, sino que siempre fui tratado de manera muy cordial y generosa por todos a quienes conocí, e hice todos los esfuerzos por interactuar con la mayor cantidad posible de personas.

Mi impresión general es que Colombia, y Medellín en particular, se parecen mucho al sur de Texas. Los texanos del sur poseen una urbanidad y una gentileza que se podría pensar que hoy ya no existen. Allí lo tratan a uno con respeto, siempre que uno se lo merezca; de lo contrario, es mejor no esperar nada: poco importa que seas el presidente o el jardinero. Naturalmente los colombianos, al igual que los texanos del sur, pueden estar a la altura de las circunstancias si los ofenden. También en New York, Miami y Los Ángeles existen zonas que uno probablemente debería evitar o abandonar lo más rápidamente posible, e imagino que esto sucede también en Medellín.

Una cosa que me impactó fue la intensa actividad de todo el mundo, y quienes tenían un trabajo lo hacían con atención y determinación. Tan ajetreada es Medellín que se me ocurre compararla con una combinación de New York y Melbourne, Australia, con una pizca de Texas de sur: una ciudad vibrante que es tan sólo una parte minúscula de Colombia.

Como ustedes sabrán, Colombia es grande, más grande que los estados de Texas y California juntos. En el pasado viajar era no sólo una aventura sino una expedición. Llegar a Medellín desde la costa requería muchos días de viaje a través de territorios montañosos. La comida era transportada a lomo de caballo y todavía hoy la cocina local mantiene rastros de esas expediciones. Los alimentos básicos, como arroz, frijoles y chicharrón (una tocineta gruesa), son parte de la tradición y constituyen la base de la gastronomía local. Para mí cualquier país en el cual el plato nacional sea la tocineta tiene que tener algo de extraordinario a su favor. ¿Quién hubiera pensado que un lugar así pudiese existir? La mayor parte de los restaurantes sirven un plato llamado «típico» que consiste en arroz, frijoles, chicharrón, aguacate, carne de res, plátano maduro, arepa y huevo frito. Esto se puede consumir como desayuno, almuerzo o comida.

Pero la mejor comida son sin duda las empanadas. Cada restaurante las prepara de modo ligeramente diferente, y naturalmente cada uno piensa que su receta es la mejor. De todas maneras, si tuviera que comer una sola cosa por el resto de mi vida elegiría desde luego las empanadas. Estas son pequeñas medias lunas de masa de maíz que caben en la palma de la mano y contienen una combinación ligeramente condimentada de carne de res, papas, vegetales y una salsa picante suave. Las comí en el desayuno, junto con una gigantesca taza de chocolate caliente. Las comí en el almuerzo e incluso en la comida. Son buenas siempre y en cualquier parte. ¡Un verdadero deleite para el paladar!

La ciudad de Medellín y el país, Colombia, permanecen grabados en mi memoria. Hay tanto para ver que no veo la hora de regresar.


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