Estabilidad en la inestabilidad

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Marzo de 2015
Iván Obolensky

A todos nos gustaría tener estabilidad en nuestras vidas. La estabilidad se asocia generalmente con la longevidad y la previsibilidad y, sin embargo, esta misma estabilidad impide a veces que las personas, las organizaciones y los sistemas respondan adecuadamente a un entorno cambiante.

Podríamos hacernos algunas preguntas:

  1. ¿Qué tan estable es mi vida, es decir, sigue una rutina regular?
  2. ¿Qué tan estable es mi trabajo?
  3. ¿Qué tan estable es mi familia?
  4. ¿Qué tan estables son mis finanzas?

La estabilidad trae consigo la tendencia a avanzar en una misma dirección, utilizando métodos familiares y un esquema similar de pensamiento. Con demasiada estabilidad el cambio de rumbo se torna difícil, cuando no imposible.

Lo que se necesita es lo contrario: cierta inestabilidad para agitar las cosas y agregar flexibilidad. A pesar de su connotación negativa, la inestabilidad puede ser un atributo positivo.

A modo de ejemplo, la estabilidad en el vuelo de una flecha y su trayectoria directa al objetivo las propician las plumas traseras, o el emplumado. Por supuesto, si el objetivo se mueve, la flecha probablemente errará el blanco. Para contrarrestar esto, se podría adaptar una veleta computarizada al emplumado para corregir los errores de trayectoria y hacer que la flecha cambie de dirección cuando el objetivo se mueva. Los misiles guiados y las bombas dirigidas por láser utilizan este método para impactar lo que el operador ilumine con un haz de láser. Existen, por supuesto, límites a la capacidad que tienen una flecha o un misil normalmente configurados para seguir adecuadamente un objetivo en movimiento, incluso si ese seguimiento se realiza con ayuda de una computadora.

Para alcanzar una maniobrabilidad extrema, una flecha o un misil deben utilizar la inestabilidad. Imaginemos una flecha disparada con la punta hacia atrás y el emplumado al frente. Constantemente tratará de intercambiar los extremos. Si se disparara de esta manera, la flecha sería extremadamente inestable. Para hacerla volar, una computadora integrada debería ingresar cada segundo miles de pequeñas correcciones. Cuando se requiere un cambio en la dirección, la inestabilidad inherente de la flecha (su tendencia a intercambiar los extremos) se desencadena para acelerar la capacidad de girar o cambiar el rumbo. En este punto, la inestabilidad que resulta de su configuración no natural crea un objeto que puede superar con facilidad a una flecha normal, por no mencionar su capacidad de acertar en un objetivo.

Varias aeronaves modernas de combate, así como aviones no tripulados, han utilizado esa inestabilidad para ganar una maniobrabilidad extrema durante el vuelo.1

La inestabilidad en el caso anterior pasa de ser un verdadero inconveniente a una ventaja.

Los sistemas políticos y económicos también requieren de cierta inestabilidad inherente para prosperar. Muy poca inestabilidad puede significar que no responden a la evolución de las condiciones, incluso si el entorno cambia lentamente. Organizaciones y sistemas económicos completos pueden ser la razón por la cual se necesita un cambio.

Un ejemplo puede ser el de la Iglesia católica, que para 1300 ya había cumplido mil años de existencia y era la institución más rica y poderosa de Europa, así como la mayor propietaria de tierras. Operaba en un sistema económico llamado feudalismo, que también contaba por entonces con cerca de mil años y formó el pilar de lo que hoy se conoce como la Edad Media.

El feudalismo se había producido por varias razones. A principios del Imperio romano, la capital fue la ciudad de Roma, pero a finales del siglo V el Imperio romano de Occidente había dejado de existir. Las legiones romanas colapsaron ante la embestida de las hordas bárbaras que arrasaron Europa. Bizancio, rebautizada Constantinopla, se convirtió en la nueva Roma, hasta su caída en 1453.

Las ciudades y los pueblos amurallados se convirtieron en el único medio de defensa contra esas incursiones. En particular, surgieron castillos en puntos estratégicos difíciles de atacar. Las poblaciones se construyeron cerca de ellos para mayor protección. El Imperio romano se había dividido en innumerables propiedades de todos los tamaños y se hizo necesario establecer un contrato social de obligaciones recíprocas entre campesinos y señores feudales para hacer frente a las nuevas circunstancias.

La Iglesia católica sobrevivió a la caída de Roma y conservó gran parte de la infraestructura administrativa del Imperio, así como su prestigio. Se ofreció a sí misma como una fuente de esperanza en un mundo que se había trastornado. Tanto la Iglesia como el sistema feudal se convirtieron en influencias estabilizadoras de la vida medieval.2

El feudalismo también creció como resultado de la recaudación de impuestos. Las leyes de impuestos y los métodos para cobrarlos alrededor de Constantinopla en particular eran opresivos. La difícil situación de quienes tributaban al Imperio se tornó tan grave que a menudo su única opción era buscar la protección de un señor rico, a quien comprometían su vida a cambio de que este pagara al cobrador de impuestos lo que le adeudaban.3 Estas personas, las generaciones sucesivas, y otras en posiciones subordinadas en toda Europa, quedaron atadas a la nobleza y a la tierra misma. Se denominaron siervos de la gleba (del latín servus, esclavo).

Este sistema se basaba en el intercambio, en el cual los siervos trabajaban la tierra a cambio de protección y el señor recibía una renta en forma de bienes. Los señores respondían ante un rey. Los reyes no eran como los de tiempos más recientes, al menos hasta el siglo XV, sino primeros entre iguales. No contaban con ejércitos propios permanentes y dependían de la nobleza para que les suministrara armas y hombres a cambio de su derecho a gobernar. Con los siervos atados a la tierra, la invasión se convirtió en una ocupación propia de los reyes. A más tierra, más riqueza. La forma más fácil de acumularla era invadir. Francia invadió Inglaterra e Inglaterra invadió Francia.

Dos acontecimientos desestabilizaron este orden.

El primero fueron las cruzadas, que duraron desde 1100 hasta 1300 y lograron reducir sustancialmente el número de nobles de Europa a la vez que llevaron una vez más a ese continente las riquezas de Oriente (ver El comercio de especias). Cuando la jerarquía rey-nobleza-campesinos se rompió, los reyes llenaron el vacío creado por el fallecimiento de muchos nobles tomando el control de sus tierras. Los reyes más fuertes crearon reinos (dominios del rey) que con el tiempo se convirtieron en los Estados-naciones del siglo XVI. A cada uno de estos reinos los unía un solo gobernante y un idioma común.

El segundo acontecimiento desestabilizador fue la aparición de la peste, que llegó a Europa a mediados del siglo XIV y redujo la población hasta en un 40 %.

Con la disminución de la población no quedaron suficientes siervos para trabajar la tierra y las economías sufrieron un fuerte revés, al menos hasta que los sistemas de rotación de cultivos lograron aumentar la producción de alimentos. Quienes sobrevivieron y pudieron adaptarse tuvieron mucha demanda. Uno de los subproductos de la plaga fue que el trabajo se convirtió en un recurso mucho más valioso por su escasez. Los terratenientes comenzaron a pagar dinero por el uso de mano de obra calificada. Además, no quedaba suficiente mano de obra disponible para controlar y obligar a los siervos a permanecer en un lugar determinado. Los campesinos se convirtieron en trabajadores móviles y podían desplazarse a los lugares donde más los necesitaran y donde la remuneración fuera mejor.

Al haber menos señores que suministraran los hombres necesarios para hacer la guerra, los reyes contrataban con frecuencia directamente a los campesinos; pero para eso necesitaban dinero. La acuñación había existido durante siglos, pero con el sistema feudal el trueque había reducido en gran medida la necesidad de dinero en efectivo y las monedas eran escasas. Las cruzadas abrieron el comercio hacia el este, lo cual también requería el uso del dinero. Muchos de los que regresaron se instalaron en el norte de Italia, donde la banca y el comercio comenzaron a florecer. La acuñación de moneda se hizo más cuantiosa y, ante la evidencia de su utilidad, poco a poco comenzó a minar el sistema del trueque.

Los que se hallaban en el norte también necesitaban dinero en efectivo y se establecieron las ferias comerciales para que las materias primas pudiesen ser canjeadas por productos terminados. Las ciudades se levantaron alrededor de estas ferias y los nobles de la zona prosperaron al participar en esta nueva economía a través de tasas e impuestos. Lo que amenazaba con desestabilizar esta creciente y rentable empresa era la Iglesia.

La Iglesia católica controlaba gran parte de la rutina de la Edad Media. Se rendía cuenta por cada hora y para cada una existían oraciones particulares. Los numerosos días de fiesta en honor a los santos afectaban el trabajo y el comercio. Los príncipes germanos de la época se mostraban particularmente molestos porque sus esfuerzos por acumular dinero para fomentar el comercio se veían obstaculizados por el flujo constante de  moneda hacia Roma en forma de diezmos. ¿Cómo iban a controlar sus economías cuando los fondos eran constantemente drenados del sistema?

Este flujo sin control confrontó a los líderes laicos con las autoridades de la Iglesia. La Iglesia todavía mantenía una posición dominante en cuanto a la persuasión moral, que incluía el arma nuclear de la época: la excomunión. Pero la Iglesia ahora era rica, materialista y sus políticas estaban anquilosadas. Sus cargos se compraban y vendían entre el clero, que también ofrecía al comprador prudente un lugar en el cielo. A los ojos de los gobernantes de los incipientes Estados-nación, la Iglesia se había vuelto demasiado intrusiva, muy rica y bastante corrupta. No era de extrañar que en 1517, cuando Martín Lutero clavó sus noventa y cinco tesis sobre el poder y la eficacia de las indulgencias en la puerta de la catedral de Wittenberg, comenzara un movimiento que, aunque no tuvo un respaldo inmediato, recibió el visto bueno de quienes detentaban el poder secular. Esta protesta menor condujo en última instancia a la Reforma protestante que liberó económicamente a las regiones del norte de Europa de las del sur. Todas las carreteras y las monedas no llevaban ahora necesariamente a la Iglesia de Roma. Veinte años más tarde, la mayoría de los habitantes del norte eran protestantes.

La Iglesia católica no pudo responder fácilmente a este nuevo giro. Se hicieron reformas internas, pero demasiado tarde. Las actitudes arraigadas y la aparente estabilidad del régimen eclesiástico hicieron que las voces de cambio cayeran en oídos sordos. La Iglesia, como lo había hecho siempre, se ocupó de aquellos cuyas protestas se hicieron demasiado ruidosas mediante el simple recurso de declarar hereje al manifestante  y levantarle sin demora una hoguera en su honor.

Cuando fue imposible ignorar el clamor en el norte, la reacción fue el uso irreflexivo de la fuerza. Los protestantes fueron recibidos con maquinaciones políticas y ejércitos mientras que en el sur, aquellos que se sentían inclinados a aceptar la necesidad de un cambio eran llevados ante el tribunal de la Inquisición.

Otra razón por la que la Iglesia no pudo superar la crisis era el hecho de que las economías de Europa y que la suerte general del hombre común habían comenzado a mejorar notablemente. ¿Cómo podía compararse este mejoramiento obvio con la doctrina de una Iglesia que predicaba que la mayoría de las cosas de este mundo, si no todas, debían ser sacrificadas para asegurar la vida eterna en el otro? El concepto de que podría valer la pena cubrirse las espaldas tomando parte del mundo secular que existía en el aquí y el ahora se arraigó, aunque fuese muy lentamente.

En definitiva, la Iglesia católica se vio obligada a renunciar a su posición de control religioso y secular del mundo cristiano. Fue víctima de su propia incapacidad para responder de manera eficaz a un panorama político, económico y social cambiante.

Los soberanos, como eran conocidos los gobernantes de los nuevos Estados-nación laicos, tampoco lo tuvieron todo como querían. En el curso de quinientos años también se verían más o menos extintos, suplantados por todos aquellos «campesinos» de la jerarquía rey-noble-campesino que se habían transformado en una clase media educada que no solo quería un lugar en la mesa, sino que lo exigía.5

No son solo los gobiernos y las instituciones los que deben abrirse paso entre la estabilidad y el conservadurismo, de un lado, y la inestabilidad y el cambio, del otro. Nosotros, como individuos, debemos hacer lo mismo.

También sabemos que el cambio es una constante en nuestras vidas, pero si dejamos de considerar la volatilidad y la inestabilidad como cosas que deben evitarse, puede ser que nuestra mente se encuentre más abierta y nuestra vida se enriquezca más. Por lo menos, estaremos menos propensos a embrollarnos la próxima vez que aparezcan grandes cambios en nuestras vidas.

Tal vez deberíamos tomar esas cuatro preguntas que hicimos al comienzo y reformularlas.

  1. ¿Cuánta variación hay en mi vida?
  2. ¿Qué tan flexible es mi trabajo, mi empleo?
  3. ¿Qué tanta apertura tenemos mi familia y yo a las cosas nuevas?
  4. ¿Qué tan preparadas se encuentran mis finanzas para sortear un cambio?

  1. Kutschera, A. (2000) Performance Assessment of Fighter Aircraft Incorporating Advanced Technologies. Consultado el 12 de marzo de 2015 en: http://www.maxant.co.uk/phd/ant_kutschera_phd_thesis.pdf.
  2. Freeman, R. (2013) The Renaissance. Palo Alto, CA.: Kendall Lane Publishers.
  3. Armstrong, M. (s. f.) Taxation. Consultado el 12 de marzo de 2015 en: http://armstrongeconomics.com/research/monetary-history-of-the-world/roman-empire/taxation/.
  4. Freeman, cit.
  5. Barzun, J. (2000) From Dawn to Decadence. Nueva York, N.Y.: Harper Collins.

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  1. Craig Houchin
    Craig Houchin03-26-2015

    Great article. Embracing instability can be liberating.

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