El autosabotaje

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Noviembre de 2013
Iván Obolensky

Muchas personas quieren enriquecerse.

Para empezar, los jóvenes que quieren ser ricos imaginan que el dinero se consigue trabajando como abogados, médicos, o en una poderosa institución financiera como Goldman Sachs, por ejemplo. Crear una empresa de tecnología también puede ser una buena idea. Sus directores ganan enormes sumas de dinero, y los corredores de bolsa de Wall Street pueden amasar fortunas, y a menudo lo hacen.

La dificultad radica en que las barreras son muy altas para hacer parte de estos grupos selectos. No basta con haber tenido uno de los mejores promedios académicos en la universidad, sino que también es necesario haber logrado un lugar destacado en los estudios de posgrado, y en una institución que se encuentre además entre las mejores del mundo.

Sin embargo, aun con ventajas como estas, el éxito no está garantizado y solo es un poco más probable.

Esos obstáculos tienen una razón de ser.

Uno de los principios con los que crecí era desconfiar de aquellas maneras de ganarse la vida que impusieran pocas barreras de ingreso. Después de todo, si el negocio es realmente bueno, quienes se benefician de esa línea de trabajo deben haber levantado barreras para evitar que otras personas entren y les resten beneficios. Las barreras altas para el ingreso significan, por lo general, que del otro lado hay una empresa exitosa.

¿Y qué sucede cuando son pocas las barreras de entrada?

En un juego de póker, si no sabe quién es el blanco en la mesa, usted será ese objetivo.

En una empresa con pocas barreras para entrar, es mejor estar preparado para afrontar al menos una seria competencia.

Más de uno ha considerado el escenario de oportunidades para hacer dinero y calculado que la inversión y el comercio se adaptan a su estilo de vida: mínimo esfuerzo, barreras bajas para empezar; todo lo que se necesita es un capital de trabajo inicial y una cuenta de negocios. ¿Qué tan difícil puede ser?

Consideremos la siguiente idea:

Los mercados existen para tomar el dinero de muchos y dárselo a unos pocos.

A primera vista esto parece una visión bastante cínica, pero tiene un sentido lógico.

¿Qué pasaría si los mercados existieran para tomar el dinero de pocos y entregárselo a muchos?

Si este fuera el caso, los pocos dejarían de jugar. No tendría ningún sentido para ellos estar inyectando dinero a los mercados solo para que se lo quitaran y lo pasaran a la mayoría. Al final se quedarían sin dinero alguno, o se negarían a seguir participando. Los mercados dejarían de existir.

Por el contrario, en la actualidad existen más mercados y bolsas que nunca antes, y en ellas se negocia todo, desde acciones, bonos del gobierno y divisas, hasta materias primas y futuros. La lista es interminable.

La mayoría pierde dinero. Tal vez sea porque los pocos desean que parezca muy fácil ganarlo.

Tal vez les gustaría continuar con las barreras mínimas de ingreso, ya que la mayoría perderá con seguridad; pero eso no parece ser todo lo que entra en juego en esta dinámica. No se trata tan solo de un puñado de operadores de bolsa y de inversionistas exitosos que despluman a la mayoría. Parece que existe algo de lo que la mayoría de los participantes carece, y que los ganadores parecen poseer.

Un caso que sirve de ejemplo es este: los mejores fondos de inversiones en Estados Unidos crecieron un 18 % al año durante los últimos diez años; sin embargo, el inversionista promedio perdió un 11 % al año. Y quiero reiterar este punto: no es que ganaran un 11 % frente al 18 %, es que perdieron un 11 %.1

Aquí parece entrar en juego algo más que una mala decisión de inversión.

La mayoría de los inversionistas en este fondo eligió un excelente instrumento, que debería haber quintuplicado su inversión en diez años. Sin embargo, la mayoría de ellos perdió dinero.

Los economistas se interesan cada día más por la sicología de los inversionistas. La manera como una persona piensa y reacciona ante la adversidad y frente a situaciones altamente emocionales tiene una marcada influencia en los resultados de su inversión.

En el caso de los que perdieron el 11 % en un fondo ganador, la mecánica de sus pérdidas es simple. La mayoría invirtió en el fondo cuando sus ingresos anuales mostraban resultados espectaculares y se retiraron cuando los beneficios obtenidos fueron bajos. Invirtieron cuando el fondo estaba en un punto alto, por lo general después de un tiempo prolongado de buen comportamiento, justo antes de que alcanzara su punto máximo, y vendieron cuando habían perdido dinero, usualmente justo antes de que se recuperara de nuevo.

Un elemento en esta ecuación parece ser la capacidad o incapacidad de la mayoría de los inversionistas para controlar tanto su codicia personal como su miedo, situaciones que podrían relacionarse con algo denominado autosabotaje.

El autosabotaje adopta muchas formas. Quien ha visto deportes durante algún tiempo conoce casos de jugadores que tropiezan justo antes de anotar. Vi un atleta que corrió en tres olimpiadas distintas. Cada vez que competía, el atleta se las arreglaba para caerse. No una, ni dos, sino tres veces. He visto a otros que se adelantan al inicio de una carrera y quedan descalificados, a pesar de ser los favoritos. Este tipo de comportamiento no se limita, sin embargo, a los deportes.

¿Cuántas veces no hemos oído hablar de personas que luego de alcanzar el éxito lo arruinan por completo por salir de juerga y ser arrestados? Son éxitos que se evaporan y nunca regresan.

Desde mi experiencia, puedo decir que el escenario donde este tipo de comportamiento se presenta con mayor frecuencia es en el mundo de la inversión y la bolsa.

He visto a inversionistas que hacen una fortuna y luego lo pierden todo en un par de operaciones malas; u otros que conciben una estrategia brillante, como la compra de oro en el momento perfecto, pero que se paralizan cuando llega el momento de concretar la transacción. No pueden tirar del gatillo, y cuando finalmente reúnen el valor para hacerlo, después de un enorme conflicto interno, la oportunidad ha pasado. Lo que queda son conjeturas: si hubiese actuado, debería haberlo hecho, podría haber ganado.

He experimentado el autosabotaje. Tal vez todos lo hemos vivido. Al parecer surge justo antes de que uno esté a punto de alcanzar finalmente el éxito, o simplemente después de que ha llegado y se está viviendo el sueño, solo para tirarlo todo por la borda en una acción que, en retrospectiva, puede clasificarse únicamente como una monumental estupidez.

¿Por qué hacemos eso?

El autosabotaje puede adoptar muchas formas.

Por lo general, afecta o bien a las personas que refrenan las emociones y sentimientos, o a quienes son compulsivos y anhelan la acción, como los jugadores inveterados.

Estoy más familiarizado con el tipo de quienes reprimen las emociones y los sentimientos.

La mente no contiene solo imágenes, sino también emociones y sentimientos. Las emociones pueden ser de alguna manera uno de los métodos a los que acude el cerebro para tomar decisiones. Sabemos esto porque a las personas que han sufrido lesiones en aquellas partes de su cerebro que desarrollan las emociones, ya sea por accidente o por un defecto de nacimiento, les resulta muy difícil tomar decisiones. Les puede tomar una eternidad, y en algunos casos para decidir cosas simples.

Quienes viven con facilidad sus emociones también pueden decidir rápidamente.

Por ejemplo: ¿cuál le gusta? Me gusta esa. Una decisión tomada. Rápida. Es lo opuesto a la parálisis por análisis. A uno le gusta algo, o no le gusta. Es un sentimiento que no requiere de mucho tiempo.

Por supuesto, se puede tomar decisiones demasiado rápido o sin la rapidez suficiente, dependiendo de cómo uno vea y maneje las emociones que se generan en el día a día, en cuyo caso la conducta aprendida es considerar las emociones y sentimientos como elementos indignos de confianza, y en consecuencia suprimirlos.

Algunos investigadores creen que los sentimientos pueden ser los organizadores de la mente y la personalidad. Si se considera la mente como un conjunto de módulos que están compitiendo con diferentes puntos de vista, las emociones y los sentimientos pueden ser la forma en que los diferentes módulos o puntos de vista votan y toman decisiones. Cuando se llega a un consenso, el resultado podría ser un conjunto de sentimientos muy sofisticados que se destilan luego en una decisión. Mientras más diversos sean los puntos de vista y mayor su alcance, más sofisticado y preciso será el resultado, y más matizado el estado emocional. Cuando se desarrollan bien y se confía en ellas, estas emociones matizadas pueden brindar un extraordinario sentido de la intuición, que es casi mágico.

La supresión de la manera como uno siente puede tener el efecto opuesto en ese mecanismo, y puede conducir a la pérdida de una habilidad vital en el proceso: la capacidad de tener razón intuitivamente.

En el comercio, una regla no escrita parece ser la ausencia de toda emoción. Un comerciante puede decidir que la sensación de miedo no es deseable; entonces se esforzará por suprimir el miedo y cualquier otra emoción fuerte.

Supongamos que usted decide mantener toda la noche una posición grande en divisas ante un alud de noticias sobre movimientos en el mercado. El temor que se siente es enorme, pero analíticamente su decisión es seguir manteniendo de todos modos su posición. Se suprime el temor y el comercio actúa.

Ahora, ya que esta movida fue exitosa, supongamos que uno persiste en la supresión de cualquiera y de todos los miedos como una estrategia constante para mantener una posición importante. ¿Qué pasará finalmente? Ese miedo comenzará a diluirse. Uno tiene la misma atención en el comercio que en la manipulación y la supresión del miedo.2

Si uno respalda el modelo modular de la mente, se podrá observar que está suprimiendo algunas de las voces que podrían ayudarlo en el futuro. Uno está limitando su inteligencia, de la misma manera que el director de una empresa decide que nunca va a escuchar a “Bob”, ya que solo da “malas noticias”. Bob no puede estar siempre en lo cierto, si es que alguna vez lo ha estado, pero al menos pude equilibrar a quienes siempre dicen que sí del otro lado de la mesa, a quienes el director acabaría escuchando exclusivamente mientras el negocio cae por un abismo.

La mayoría de las decisiones se toman a nivel emocional, por debajo de la conciencia de la persona que decide.3 Si se suprime cada vez más el miedo y una proporción mayor del consenso que se encuentra por debajo de la conciencia propia se sitúa en la categoría de “tenga cuidado” que se expresa como miedo, llegará un momento en el que uno dejará de ser capaz de actuar sin problemas y mucho menos con confianza. Se verán por todas partes cosas a las que hay que temer. Lo sé. Esto me ha sucedido a mí.

En mi caso fue una especie de autosabotaje. Despreciaba el miedo y no quería saber nada de él aunque, en realidad, la mayor parte del tiempo estaba asustado. A pesar de todos mis esfuerzos para controlarlo, el miedo gobernaba mi vida. Fue solo después de que decidí aceptar mis temores, permitiéndoles existir y escuchando aquellas partes que había mantenido reprimidas que pude finalmente relajarme y alcanzar una forma más armoniosa de vida.

El miedo es solo una de las muchas emociones fuertes que sentimos. Hay otras, como la ira y el dolor, lo mismo que la pasión.

En las transacciones comerciales hay que aprender a dominar las emociones propias, pero eso no significa que haya que suprimirlas.

Los sentimientos y las emociones que experimentamos son partes tan esenciales de nosotros como nuestras extremidades. ¿Por qué deshacernos de ellos? Aprender a vivir lo que sentimos y explorar nuestras emociones nos permitirá descubrir que podemos ser más brillantes, más tolerantes y más capaces de vivir con nosotros mismos, y de autosabotearnos menos.


  1. Best Stock Fund of the Decade: CGM Focus. (31 de diciembre de 2009), The Wall Street Journal. Consultado el 20 de noviembre de 2013 en: http://online.wsj.com/news/articles/SB10001424052748704876804574628561609012716.
  2. Tharp, Van K. (2005) How to Develop Discipline to Become a More Successful Investor, The Peak Performance Course. Cary, NC: IITM, Inc.
  3. Eagleman, D. M. (2011). Incognito, The Secret Lives of the Brain. Nueva York, NY: Pantheon Books.

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  1. Vanessa
    Vanessa11-25-2013

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  2. Craig Houchin
    Craig Houchin11-28-2013

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