Recuerdos

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Junio de 2013
Iván Obolensky

Cuando miramos el mundo, ¿qué vemos?

Vemos lo que tiene sentido para nosotros, y con lo que nos sentimos cómodos. La investigación sobre la forma en la que el cerebro procesa lo que vemos enfatiza este concepto, porque gran parte de lo que percibimos lo construimos mediante mecanismos que se encuentran por debajo de nuestro nivel de conciencia.

Esto es cierto, tanto física como mentalmente.

Físicamente, los seres humanos tenemos un punto ciego. En la parte posterior de la retina, donde el nervio óptico se conecta con el ojo, no hay células fotorreceptoras. Técnicamente, esto se conoce como el punctum caecum. Uno de los mejores trucos del cerebro es su capacidad de completar sin problemas este punto ciego sobre la base de la información que existe alrededor.

Si miramos fijamente una simple pared amarilla o una fotografía detallada, el cerebro llena la oscuridad que hay en el centro de nuestra visión. Miremos con detenimiento, ¿qué parte es fabricada y qué parte es real? Es imposible decirlo. Este punto tiene tan solo cinco grados de amplitud, sin embargo existe.

El ingenio de este mecanismo lo demuestra el simple hecho de que solo se hizo público a finales del siglo XVII. Por aquel entonces se pensaba que la visión debería ser más aguda en el punto donde el nervio óptico se une al ojo y se hicieron experimentos para demostrarlo. En realidad, era todo lo contrario.

En la década de 1660 el sacerdote y físico francés Edme Mariotte demostró por primera este fenómeno. Mariotte sorprendió a la corte francesa al desaparecer una moneda de la vista ubicándola en el punto ciego.1

Incluso hoy, es una creencia común que la visión es producto de la luz que entra al ojo, para luego ser capturada por células fotorreceptoras, y posteriormente convertida en impulsos eléctricos, que son desviados al cerebro, donde se combinan con los datos del otro ojo. El cerebro procesa luego la información en una representación tridimensional que es perceptible para nosotros.

Esta teoría de la visión es bastante universal y ha influido también en la percepción que tenemos del mundo.

Se supone que la frase “ver para creer” es cierta, pero con los nuevos estudios y a partir de la interpolación del punto ciego, se ha hecho evidente que la vista es un proceso de doble vía donde la información asciende y desciende por el nervio óptico, y no en una sola dirección.

No solo no vemos lo que realmente tenemos ante nosotros, sino que nuestra forma de pensar acerca de las cosas que vemos las altera, hasta el punto en que es probable que las ideas que albergamos sobre nuestro pasado difieran en gran medida de la realidad.

En el sistema legal estadounidense, el recuento honesto que los testigos oculares hacen de lo que han visto y oído ha sido un factor importante para determinar la verdad o falsedad de sus declaraciones ante los tribunales y jueces. Aunque mentir deliberadamente a un tribunal o a una autoridad constituye un delito y es punible bajo el cargo de perjurio, recordar imprecisamente no lo es. De todos modos, no hay garantía de que lo que se está relatando sea toda la verdad y nada más que la verdad.

Se ha encontrado que los testimonios de los testigos son falibles en muchas maneras:

Los recuerdos de testigos pueden ser manipulados.

En la década de 1970 se llevaron a cabo experimentos que mostraron que era posible introducir hechos falsos en la memoria de una persona.

A los participantes en los estudios les mostraron diapositivas de un automóvil en un cruce donde había una señal de Ceda el paso o una de Pare. Más adelante los investigadores les preguntaron sobre la presencia de una señal de Pare cuando en realidad la que había era una de Ceda el paso. En otros casos se les preguntó por la señal de Ceda el paso cuando en realidad había una de Pare. En los dos casos, los testigos se mostraban mucho más dispuestos a recordar la falsa imagen que la precisa.

Además, muchas veces mostraban más seguridad sobre el recuerdo falso que sobre el correcto.

En otra serie, les presentaron imágenes de un accidente automovilístico. A algunos les preguntaron qué tan rápido viajaba el conductor cuando “chocó” al otro carro, y a otros qué tan rápido avanzaba el carro cuando “se estrelló” contra el otro. Quienes fueron consultados sobre el carro estrellándose contra el otro estuvieron más propensos a recordar haber visto vidrios rotos en la diapositiva, cuando en realidad no había ninguno presente.2

¿Cómo se explica esto?

Tal vez la mejor manera de responder a esta pregunta sea señalar que gran parte de la vida es predecible. Nuestros cerebros tienen un poder de procesamiento limitado.

La idea de que solo utilizamos el 10 % de nuestro cerebro es claramente falsa. En nuestros cuerpos suceden muchas cosas.

Miremos el simple acto de dormir. Es igual a volar un avión en el modo de piloto automático. Hay que mantener la respiración, así como controlar la frecuencia cardíaca, la digestión, el sistema inmunitario, el equilibrio, la salinidad y una serie funciones adicionales. De todas formas el cerebro sigue monitoreando y controlando.

Cuando estamos despiertos, el mundo exterior nos ofrece tanto amenazas como recompensas. Pensamos. Planeamos. Experimentamos. Cada una de estas acciones demanda poder de procesamiento y por lo general tenemos limitaciones en cuanto a la cantidad de cosas que podemos pensar y procesar en un momento dado. El número máximo de actividades se encuentra por lo general entre cinco y siete. Después de esto tendemos a paralizarnos. El cerebro se sobrecarga, a menos que pueda relegar algunas de las tareas al modo automático, en el que los comportamientos aprendidos se hacen cargo y podemos dejar de pensar en ellas. Pero para hacer esto con eficiencia, y no desactivar el piloto automático y regresar el comando de la acción al pensamiento consciente, es necesario reducir al mínimo las sorpresas.

Para que esto suceda, el cerebro depende en gran parte de la estabilidad y predictibilidad de lo que percibimos. ¿Cuántas veces hemos conducido a casa desde el trabajo y luego no sabemos cómo lo hicimos, pues al querer recordar los detalles apenas podemos precisar algunos? ¿Podemos recordar secuencialmente todas las cosas que hicimos esta mañana?

Vemos y recordamos lo que esperábamos ver, porque gran parte de lo que sucede a nuestro alrededor tiene lugar sobre una base regular. Si la vida fuese completamente impredecible, ¿cómo podríamos sobrevivir?

Imaginemos que la escena ante nosotros cambia cada pocos segundos. En un momento estamos en la playa, al siguiente en las montañas y luego en una habitación. Nuestro cerebro se basa en el hecho de que las cosas no cambiarán muy drásticamente de un momento a otro. ¿De qué otra manera podría llenar ese espacio vacío? Sin la capacidad de interpolar, nos sentiríamos demasiado estresados para poder sobrevivir.3

Los recuerdos de los testigos cambian.

Cuando relatamos un incidente, la razón para narrar la historia juega un papel. Si en una reunión con amigos nos piden que contemos un incidente divertido, por ejemplo, cuando regamos la sopa en una cena, la historia sería diferente de la que relataríamos a la policía si nos interrogaran a profundidad sobre el hecho.

La memoria parece ser flexible y distorsionarse con la narración. Hacer un recuento modifica de hecho nuestra realidad, transformándola en su forma y sustancia para que nos sintamos más cómodos.4

Tomemos, por ejemplo, la memoria de un comerciante experto que recuerda haber comprado una acción en particular hace muchos años por un precio determinado y luego verla subir hasta cuatro veces su precio de compra antes de presenciar su caída hasta un nivel muy inferior al de la compra inicial. Es una de las historias que lo han motivado a estudiar a fondo los mercados. Revisando los precios reales de ese momento encontramos una imagen totalmente distinta. La información verdadera difiere tanto del recuerdo del comerciante (y él afirma que hubiera apostado que su memoria no fallaba), que él mismo concluye que es probable que todo su pasado sea una invención de su cerebro. ¿Cuántas de nuestras propias historias son semejantes?5

En el estudio de Tversky-Marsh se pidió a los testigos oculares de la escena de una película violenta describir lo que vieron. La conclusión fue que el acto de relatar el suceso conduce a cambios en la memoria y, además, que mientras mayor sea el número de recuentos, mayores serán los cambios.6

La memoria no parece ser tan solo un registro del pasado, sino algo vivo que se modifica a medida que cambiamos. Lo que percibimos no es simplemente un registro del mundo, sino una combinación de la realidad y de las experiencias que aportamos.

Aunque estos hallazgos pueden minimizar gran parte de la importancia del comportamiento que presenciamos, abren una visión mucho más interesante de la mente humana. No somos simplemente un disco duro que camina, sino algo mucho más complejo.


  1. D. M. Eagleman (2011). Incognito, The Secret Lives of the Brain. Nueva York, NY: Pantheon Books.
  2. L. Engelhardt (1999). The Problem with Eyewitness Testimony, charla de Barbara Tversky, profesora de Psicología y George Fisher, profesor de Leyes, Stanford Journal of Legal Studies. Consultado el 14 de junio de 2013 en: http://agora.stanford.edu/sjls/Issue%20One/fisher&tversky.htm
  3. D. M. Eagleman, op. cit.
  4. E., Marsh, B., Tversky, M., Hutson, (N.D.) How Eyewitnesses Talk about Events: Implications for Memory. Consultado el 14 de junio de 2013 en: http://psych.stanford.edu/~bt/memory/papers/marsh-tversky-hutson_eyewitness.pdf
  5. V. K., Tharp (2013). Poloron Products: A Follow Up To My Faulty Memory. Consultado el 14 de junio de 2013 en: http://www.vantharp.com/Tharps-Thoughts/631_May_29_2013.html
  6. L. Engelhardt, op. cit.

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