Perdidos y hallados

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Noviembre de 2014
Iván Obolensky

En 1818 se publicó en Londres un libro con el título de: Crónica de un viaje a Senegal en 1816; emprendido por orden del Gobierno francés, que incluye un recuento del naufragio de la Medusa, el sufrimiento de la tripulación y los diversos acontecimientos a bordo de la balsa, en el desierto de Zaare en St. Louis, y en el Campo de Dacaard. A la cual se adjuntan observaciones relativas a la agricultura de la costa occidental de África, desde Cabo Blanco hasta la desembocadura del río Gambia.

El libro fue escrito por Jean Baptiste Henri Savigny, el médico del barco, y por otro sobreviviente, el geógrafo Alexandre Corréard.

Su recuento de los trece días en el mar a bordo de una balsa, luego de que la fragata francesa Medusa encallara y naufragara frente a la costa occidental de África, es una historia de motines, asesinato, canibalismo, cobardía, locura, privaciones y muerte que apenas puede creerse. Abandonados por el capitán y por el recién nombrado gobernador francés de Senegal, 136 hombres y mujeres, que no cupieron en los botes de la fragata, fueron dejados a su suerte, a bordo de una balsa mal construida e inestable, con más vino que agua para beber y muy poca comida. Solo quince de ellos sobrevivieron a la terrible experiencia de casi dos semanas antes de ser rescatados por el navío HMS Argus, que se cruzó con los sobrevivientes por casualidad.

El resultado fue un escándalo que sacudió al gobierno borbónico que asumió el poder después de la abdicación de Napoleón, en 1815. El Departamento Naval de Francia, en su afán de poner más realistas al mando, había nombrado comandante a un aristócrata, el vizconde Hugues Duroy de Chaumareys, quien por desgracia apenas si había estado en el mar en veinte años y cuya escasa pericia en navegación fue en gran medida causante de este incidente. Aunque la monarquía restaurada de Luis XVIII no tuvo ninguna injerencia directa en el nombramiento, la extraordinaria incompetencia demostrada por los responsables hablaba mal del gobierno, que fue puesto en la picota pública por los periódicos del momento.1

El hundimiento también inspiró al joven artista, Théodore Géricault, para pintar una de las pinturas más célebres del movimiento romántico, La balsa de la Medusa. La obra fue exhibida en el Salón de París en 1819 como Escena de un naufragio, para atenuar los matices políticos. La pintura ganó una medalla de oro, pero no fue aceptada inicialmente por el Museo del Louvre (que más tarde la adquirió de los herederos de Géricault, en 1824). Esto llevó al pintor a exhibirla en Londres, donde fue recibida calurosamente y apreciada por más de 40 000 personas. La obra causó sensación.2

El libro del geógrafo y el médico también fue muy exitoso. Se imprimió en cinco idiomas y para 1821 había alcanzado cinco ediciones. Es uno de los primeros relatos detallados de testigos de un caso de supervivencia en el mar, bajo condiciones desesperadas.

El libro planteaba preguntas como: ¿por qué se presenta a menudo una crisis del pensamiento racional cuando los seres humanos se pierden en el mar, y por qué algunas personas sobreviven y otras no?

Doscientos años más tarde conocemos apenas una parte de las respuestas.

En 2009, dos jugadores de la NFL y un tercer hombre perecieron después de que su barco de pesca de 21 pies de eslora zozobrara en las aguas agitadas del mar, mientras levaban anclas en el golfo de La Florida. Un cuarto hombre sobrevivió y fue rescatado después de 46 horas aferrado al casco volcado, en aguas a 17 ºC de temperatura. De acuerdo con el sobreviviente, entre dos y cuatro horas después de que el barco se volcara, uno de los hombres se rindió, se quitó el chaleco salvavidas y se alejó. Unas horas más tarde otro hizo lo mismo. A la mañana siguiente, después de que ambos partieran, el tercer hombre se quitó el chaleco y decidió nadar en busca de ayuda cuando le pareció ver una luz distante. La distancia hasta la costa de Clearwater, en Florida, era de 56 kilómetros.

El médico que atendió al sobreviviente dijo: “Este hombre posee una gran fortaleza mental”.3

El incidente no estuvo exento de polémica porque se trataba de jugadores de fútbol de renombre, cuyas familias no pudieron aceptar que personas tan fuertes simplemente se dieran por vencidas. Un año más tarde, el sobreviviente dio detalles adicionales en un libro en el que mencionó la hipotermia como la causa del comportamiento irracional y señaló que fue solo después de 15 horas en el agua que el primer hombre se dejó llevar.4

Por supuesto, no todos los que quedan a merced del mar sucumben.

El doctor Hannes Lindemann pasó 72 días en el mar. Fue portada de la revista Life después de que cruzara el Atlántico de este a oeste en un kayak plegable de 17 pies de eslora a finales de la década de 1950. Un año antes Lindemann había emprendido un viaje similar en una canoa. Sus percepciones son dignas de mención. Él llegó a la conclusión de que la mente sucumbe antes que el cuerpo y que es la mente indisciplinada la que lleva al pánico a quienes se enfrentan a un peligro. En su segundo viaje, soportó tormentas durante varios días, con rachas de viento de intensidades de grados 8 y 9 (de 40 a 50 nudos). Su embarcación se volcó y Lindemann sufrió fuertes golpes, pero sobrevivió. En su recuento, Solo en el mar, escribió:

“La moral es el factor más importante para la supervivencia. La oración, que trae esperanza y con ella optimismo y relajación, es una poderosa ayuda para el autodominio. No puedo dejar de insistir en la importancia que otorgo a concentrarse en frases que ofrecen fortaleza* como las que me repetí a mí mismo durante mi segundo viaje”.5

Pocas personas han experimentado la vida y la muerte en los océanos del mundo, pero muchos de nosotros hemos vivido la sensación de estar perdidos. El estrés psicológico que este hecho produce en las personas es extrañamente similar al que se siente cuando nos vemos enfrentados a una situación de supervivencia.

Aunque podría parecer que los dispositivos GPS, Google Maps y los teléfonos celulares le restan importancia a la necesidad de saber qué hacer si uno se pierde, existen tantas historias hoy en día de personas que pierden su camino y llegan a enfrentar situaciones de supervivencia como para justificar la consulta de investigaciones recientes sobre el tema.

Una cosa es cierta: considerar que uno está perdido puede tener efectos peculiares en la mente. Esto no es algo nuevo. En épocas pasadas se conocía como la “conmoción del bosque” y fue descrito por los psicólogos de finales del siglo XIX. Es el término utilizado para la pérdida completa de la orientación espacial.

La ubicación está a cargo de una parte específica del cerebro llamada el hipocampo. Los humanos y otros mamíferos tienen dos de ellos, uno a la izquierda y otro a la derecha. Estos se encargan de funciones específicas que tienen que ver con la memoria a corto y largo plazo, así como con la navegación espacial. El hipocampo es uno de los primeros órganos atacados por la enfermedad de Alzheimer, y no es de extrañar que las personas que la padecen se desorienten y pierdan el rumbo.

Nuestros cerebros actualizan constantemente el lugar donde nos encontramos. Cada vez que vamos a algún lugar nuevo, el cerebro trata de hacer un mapa nuevo. Nos informa dónde estamos, la posición de nuestro cuerpo y el sentido de la marcha. El hipocampo funciona por debajo de nuestro nivel de conciencia. Nosotros simplemente recibimos los resultados en tanto somos conscientes del lugar donde nos encontramos.

El movimiento y la motivación, por su parte, están a cargo de una parte diferente del cerebro llamada la amígdala cerebral. También es el lugar donde se guardan las emociones. Si nos desorientamos, sentimos estrés, y si sentimos estrés, podemos llegar a desorientarnos aún más.

El estrés interfiere con el funcionamiento del hipocampo y le dificulta su labor de crear y actualizar mapas mentales. Esto da lugar a más estrés a medida que comenzamos a sentir que perdemos nuestro sentido de la ubicación. Se trata de un incómodo ciclo de retroalimentación negativa.

Debido a que la motivación está a cargo de una parte del cerebro distinta al hipocampo, no se ve afectada por el estrés. Por el contrario, la motivación para mantenernos en movimiento, para obtener algún tipo de alivio emocional, aumenta a medida que sentimos mayor incomodidad. Por desgracia, a medida que se acumula el estrés, la función de mapeo no logra conectar el lugar donde uno se encuentra con el lugar donde uno estuvo. El resultado es una desconexión y una ruptura que pueden conducir a una desorientación completa.

Una de las características de los que se pierden es que rara vez dan marcha atrás. Tal vez sea porque los ojos solo miran al frente. En todo caso, los que se pierden simplemente siguen avanzando hacia adelante. A menudo vagan en círculos.

“Estar perdido” se define como experimentar la sensación de “no saber dónde uno se encuentra” durante treinta minutos o más.

La investigación sugiere que hay cinco etapas generales por las que se atraviesa cuando uno está perdido.

La primera etapa es la negación de la desorientación. Se presenta un aumento de la ansiedad y un sentido de apremio. Uno trata de acomodar el mapa mental o físico para adaptarse a la realidad que está experimentando. Si uno está consultando un mapa en una zona desconocida, tratará de hacer coincidir la montaña que ve con la que aparece en el mapa, ignorando el hecho de que es diferente.

La segunda etapa es la confirmación de que uno se encuentra realmente perdido. Uno se da cuenta de que se halla en una situación de emergencia. Se pierde la aseveración normal de “estoy en control, sé dónde estoy”. La acción se torna apresurada, frenética, incluso peligrosa. Si uno está en un automóvil puede verse a sí mismo violando las reglas, tales como exceder los límites de velocidad o pasar una señal de alto para llegar a un lugar familiar. Si uno está a pie, la prisa frenética puede resultar en lesiones por caídas, tropiezos o choques contra objetos.

La etapa tres a menudo conduce a lesiones o agotamiento como resultado del ejercicio desmedido realizado durante la segunda etapa. Uno trata de encontrar un lugar que coincida con algún tipo de mapa mental y crea una estrategia para hacerlo. Muchas veces esta estrategia se concibe tan mal que lleva a decisiones como nadar hasta la orilla cuando se está a ochenta kilómetros de tierra, o decirse a sí mismo: “Voy a bajar este acantilado en la oscuridad”.

La cuarta etapa es cuando la estrategia no logra manejar la situación y el individuo se deteriora física y emocionalmente hasta un grado peligroso. La mayoría de los recursos, tanto físicos como emocionales, se han agotado.

En la etapa final, uno pierde la esperanza, se abandona a su propia suerte y decide aceptar la situación en la que se encuentra. En territorio desconocido, esto significa que uno empieza a reconectarse con uno mismo y con la nueva realidad, o simplemente se da completamente por vencido.

Los que no se recuperan, después de haber alcanzado la quinta etapa, a menudo hacen cosas peculiares y sin sentido. Se habla de excursionistas que dejan sus mochilas en el camino, con alimento y agua para varios días, o de cazadores que abandonan las armas para aligerar su carga. Quienes se pierden en el mar, muchas veces se quitan los chalecos salvavidas y se sumergen bajo la superficie.

No es una exageración decir que los que mueren luego de haberse perdido en zonas inhóspitas lo hacen debido a la confusión.

El agotamiento, la hipotermia, la deshidratación, el hambre y la ansiedad forman una mezcla letal que puede conducir rápidamente a la fatiga y la conmoción. En un estudio de 229 casos de búsqueda y salvamento, 25 de ellos fueron mortales. Diecinueve fallecieron en el transcurso de las primeras 48 horas.

Uno de los misterios desconcertantes de la supervivencia es que las personas de seis años de edad y menores muestran una de las tasas de supervivencia más altas cuando se pierden en una región desconocida. A pesar de su tendencia a perder más calor corporal que los adultos, a menudo sobreviven mejor que cazadores experimentados que enfrentan las mismas condiciones.

Parte de esto puede ser que simplemente siguen sus instintos básicos de quedarse quietos, descansar, liberar sus emociones con un llanto y acurrucarse después de encontrar un lugar cálido.

Por supuesto, no es muy corriente que nos encontremos en un lugar desconocido, perdidos y desorientados, pero ¿cuántas veces, después de algunos giros equivocados, nos hemos hallado en un lugar totalmente inesperado, sin tener idea de cómo encontrar el camino de regreso? Es mucho más común de lo que uno piensa.

Sucede todo el tiempo y no solo a las personas.

Empresas, organizaciones y tal vez incluso países enteros pueden llegar a perderse. La ubicación y la orientación espacial no tienen por qué ser solo físicas. Las relaciones y las conexiones pueden formar sus propios mapas. Estos pueden ser familiares, financieros, personales o económicos, y pueden ayudar a definir el mundo en el que uno se mueve. Si el mundo exterior cambia mientras que el mapa personal sigue siendo el mismo, el resultado es similar al de perderse. ¿Cuántas veces hemos visto a personas u organizaciones que tratan de imponer lo que consideran una realidad correcta en su entorno cuando esta no coincide con el mundo real? Esa es la primera etapa.6

En 1986 DEC (Digital Equipment Corp.) tenía 14 mil millones de dólares en ventas. Por desgracia, interpretó mal el mercado de los microprocesadores y se encontró frente a una enorme competencia. Tenía un mapa equivocado. En un momento dado llegó a ser la segunda compañía de computadoras más grande del mundo. Perdió el rumbo y nunca logró encontrar su camino de regreso. Fue vendida a Compaq en 1998.7

Las personas también pueden llegar a obsesionarse tanto con seguir adelante para descubrir la paz emocional que actúan como si estuviesen perdidas.

La clave está en relajarse. Todo comienza con la aceptación del lugar donde uno se encuentra.

Existe una historia sobre un rastreador indio que había conducido a un grupo fuera de la ruta conocida y cuando se le preguntó si se había perdido, contestó: “Yo sé exactamente donde estoy. Estoy aquí. Simplemente no estoy seguro de dónde está todo lo demás”.

Los pueblos aborígenes de Australia utilizaban líneas de canciones. A medida que avanzaban por el mundo cantaban sobre todo lo que encontraban. Al recordar las canciones sobre los objetos que habían encontrado podían trazar el camino de vuelta hasta el lugar de procedencia, incluso a través de desiertos sin sendas.8

A veces nos perdemos. Es algo que sucede. Incluso algo tan pequeño puede derivar en algo más grande y peligroso. Debemos relajarnos si queremos mantener nuestra capacidad de mapear nuestro mundo y reconectar el lugar donde estamos con aquel en que hemos estado. Se necesita una gran disciplina para no apresurarnos ni ponernos frenéticos. Pero, sobre todo, nunca debemos perder la esperanza, nunca.


* Sus frases incluían algunas como: “Voy a lograrlo… Nunca te rindas, sigue hacia el oeste…”.

  1. Savigny, J. B. H., Corréard, A. (1818) Narrative of a Voyage to Senegal in 1816; Undertaken by Order of the French Government, Comprising an Account of the Shipwreck of the Medusa, the Suffering of the Crew, and the Various Occurrences on Board the Raft, in the Desert of Zaare at St. Louis, and at the Camp of Dacaard. To which are subjoined Observations respecting the Agriculture of the Western Coast of Africa, from Cape Blanco to the Mouth of the Gambia. Londres: Cockburn. Consultado el 11 de noviembre de 2014 en: http://babel.hathitrust.org/cgi/pt?id=nyp.33433006540110;view=1up;seq=1
  2. Beckett, W. (1994) The Story of Painting. Nueva York, NY: DK Publishing, Inc.
  3. Donaldson-Evans, C. (4 de marzo de 2009) Florida Boat Accident: 2 NFL Players Gave Up Hope. Consultado el 11 de noviembre de 2014 en: http://www.foxnews.com/story/2009/03/04/florida-boat-accident-survivor-2-nfl-players-gave-up-hope/
  4. Farhi, P. (7 de abril de 2010) Death and disbelief: Sole survivor of accident that killed three tells story, The Washington Post. Consultado el 11 de noviembre de 2014 en: http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2010/04/06/AR2010040603874.html
  5. Lindemann, H. (1958) Alone at Sea. Random House. Este libro puede consultarse en: https://archive.org/details/aloneatsea006429mbp.
  6. Gonzales, L. (2003) Deep Survival. Nueva York, NY: W. W. Norton & Co.
  7. Jofr (2012) Rise and Fall of the Digital Equipment Corporation. Consultado el 11 de noviembre de 2014 en: http://blog.cas-group.net/2012/04/rise-and-fall-of-the-digital-equipment-corporation/
  8. Gonzales, cit.

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  1. craig
    craig11-20-2014

    Good one. I really enjoyed it.

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