No soy supersticioso1

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Mayo de 2017
Iván Obolensky

La palabra superstición proviene del latín Super (encima) y Stare (estar de pie), tal vez en el sentido de sentirse sobrecogido frente a algo.2 Se define como una creencia irracional en las influencias sobrenaturales.

Por ejemplo, se considera un gesto supersticioso cruzar los dedos para evitar la mala suerte o un mal resultado. También es supersticioso el estudiante que cree que le irá mejor si usa el mismo lápiz o la camisa de la suerte el día de un examen. Es sorprendente que aunque tales creencias no tengan sentido lógico, sean efectivas.

En un estudio realizado en 2008, varios estudiantes universitarios fueron sometidos a cuatro experimentos de golf para activar supersticiones relacionadas con la buena suerte. Su rendimiento mejoró en un 33 % cuando se les entregó una bola de golf “de la suerte”. De igual manera, aquellos a los que se les permitió traer de sus casas amuletos tuvieron mejor desempeño que quienes no los usaron. Resultados positivos similares se alcanzaron en tareas mentales como resolver anagramas. Aunque los niveles de ansiedad de los estudiantes no cambiaron, pues mantuvieron el mismo nerviosismo frente a la prueba, su sentido de autosuficiencia o la confianza en su capacidad para desempeñarse bien y lograr los objetivos pretendidos mejoraron y, en consecuencia, el resultado alcanzado.3

Incluso los científicos más lógicos no son inmunes al pensamiento supersticioso.

Existe una historia apócrifa sobre Niels Bohr, quien ante la pregunta de si creía que la herradura en su casa de campo le traía suerte, respondió: “Por supuesto que no, pero entiendo que es de suerte, creas o no”.4 En otras pruebas, no solo científicos, sino ateos confesos sintieron un sudor frío al leer en voz alta oraciones como: “Reto a Dios a que haga que mis padres se ahoguen”.

No está claro si la superstición es innata o aprendida. Lo que se sabe es que el hecho de expresar las creencias subconscientes supersticiosas aumenta a medida que recordamos nuestra propia mortalidad. Esto lo evidencia el dicho: “no hay ateos en una trinchera”.5 Aunque intelectualmente sabemos que los talismanes y las creencias supersticiosas son ineficaces, los usamos y lo seguiremos haciendo por mucho tiempo más. Este comportamiento es comprensible en el sentido de que existe una correlación observable entre los factores de amenaza en un entorno y la prevalencia de la superstición y las creencias mágicas.

Así lo comprueba el surgimiento de religiones misteriosas en la antigua Roma. Durante las guerras púnicas (las emprendidas por los romanos contra Cartago de 264 a 146 AEC), Roma se vio sumida en una profunda e insondable incertidumbre. La dependencia de la religión nativa y politeísta orientada a la familia se había ido complementando gradualmente con misterios de origen oriental. La desesperación ante la amenaza de Aníbal de llegar hasta Roma misma llevó al Senado a consultar a los oráculos sibilinos, cuyas predicciones se escribieron en una serie de nueve libros, de los cuales solo tres se encontraban disponibles en ese momento.6

Según la leyenda, la colección completa de nueve tomos se la había ofrecido a Tarquinio el Soberbio, último rey de Roma, la sibila de Cumas, quien llegó de esta ciudad, situada fuera de la Nápoles actual, donde el oráculo griego de Apolo vivía en una cueva. Si uno piensa que saber regatear es una característica exclusiva del mundo moderno, tendría que ver la eficaz e impresionante presentación que hizo la sibila. Ella le ofreció al rey los nueve libros de profecías a cambio de una gran suma, pero este rechazó la oferta por considerar el precio exorbitante. La sibila respondió a su negativa arrojando tres volúmenes al fuego. Mientras ardían, ofreció los seis restantes por el mismo precio. Estos también fueron rechazados y tres más fueron a parar a las llamas. Cuando ofreció los tres últimos por el mismo precio que los nueve, el rey finalmente aceptó. A partir de entonces los libros fueron considerados tan valiosos que se guardaron en una bóveda debajo del templo de Júpiter Capitolino.7

Cuando Aníbal aniquiló las legiones romanas en Cannas y de nuevo en el lago Trasimene, se consultaron concienzudamente los libros, y estos recomendaron que dos galos y dos griegos fueran enterrados vivos en el mercado de la ciudad. Bien fuera por el espantoso sacrificio humano, por la suerte o por el deseo del conquistador de saquear el campo antes de avanzar, Aníbal se detuvo, contrario a su proceder característico, y nunca llegó a la ciudad. Durante el breve período de calma, Roma pudo organizar otro ejército, esta vez bajo el mando del legendario Quinto Fabio Máximo Verrucoso, cuyas ingeniosas maniobras se inmortalizaron en la Historia de Roma de Livio.8

A pesar de las conquistas de Roma y de su constante expansión, sus proscripciones (sentencias de muerte o exilio), las rencillas internas, los impuestos, las confiscaciones de propiedades y las disputas por el poder hicieron que resultara peligroso ser un ciudadano romano. La presión por encontrar respuestas y la importación de un gran número de esclavos, así como de inmigrantes, lograron que las ideas religiosas del Imperio oriental ganaran popularidad.

La razón por la que florecieron tantas religiones extranjeras se debió en parte a la política romana de permitir a los conquistados sus creencias, más que sus libertades, y también porque la religión podía ser utilizada como una herramienta de política estatal. Después de la muerte de Augusto y de su resurrección como un dios, una venia rápida de los conquistados a la divinidad del emperador en los distintos templos era suficiente para tolerar la continuidad de su existencia. Fue la negativa de los cristianos a permitirse incluso un gesto simbólico en este sentido lo que precipitó su persecución por parte de Diocleciano y de otros emperadores (colocar una figura del emperador en el templo como una presencia divina transgredía el mandamiento cristiano relativo a los falsos ídolos). Con el tiempo, la religión estatal fue objeto de escepticismo y contribuyó poco a aliviar los temores de las masas, que recurrieron a las religiones de misterio para conseguir paz y consuelo.

Se les denominaba religiones de misterio debido a sus ceremonias secretas de iniciación. En ellas se incluían, entre muchas otras, el cristianismo temprano, el mitraísmo y las religiones del templo de Isis y Osiris de Egipto. Todas tenían temas comunes que las hacían atractivas a los individuos, como el bautismo, el renacimiento, la confesión, la resurrección de los muertos en otra vida, la redención, la expiación, el conocimiento secreto, el sacrificio, un simbolismo poderoso y alegorías que encontraron su camino para convertirse en la fe cristiana. La astrología, la profecía, los augurios, el culto religioso de los misterios y todo lo que pudiera profetizar un camino hacia un mejor futuro competían en el foro y en las villas de la época.

Se ha señalado muy acertadamente que las creencias más arraigadas de un grupo son simples supersticiones de otro, pero en el crisol que fue el Imperio romano, las creencias y, por tanto, las supersticiones, abundaron y encontraron terreno fértil en la persistente incertidumbre.

En el apogeo de Roma, la superstición fue tan predominante y permeó tantas facetas de la vida diaria, desde cuándo cortarse el pelo hasta en qué momento tener un romance, que alarmó incluso a los ciudadanos más educados y estos, en consecuencia, respondieron. Cicerón escribió su ensayo sobre la superstición para establecer las diferencias entre las creencias religiosas y el miedo excesivo a los dioses. Lucrecio escribió De Rerum Natura, la naturaleza de las cosas, para mostrar que la naturaleza puede explicarse con las leyes naturales sin necesidad de la intervención divina. También explicó el pensamiento de Epicuro, el antiguo filósofo griego, que enfatizó la neutralidad de los dioses y sostuvo que la tranquilidad podía alcanzarse mediante la moderación y, en especial, viviendo de manera tal que se pudiese evitar el temor, que encontraba en la religión y la muerte sus dos fuentes más importantes. Los emperadores rutinariamente limpiaban la ciudad de templos extranjeros, pero era en vano, estos regresaban inevitablemente; tal era la sed de fe, esperanza y de mejor vida de la gente.

Aunque hoy apenas se hace referencia en la educación a la historia del Imperio romano, esta es muy instructiva. Roma padeció guerras violentas cuando la república se derrumbó y por las conductas aún más aterradoras de los propios emperadores: muertes, confiscaciones, esclavitud o exilio podrían suceder en cualquier momento. El Imperio comprendía todo lo que se consideraba como civilización. Nadie escapaba al brazo largo del emperador o del Estado.9

En el mundo de hoy, como en la Roma de entonces, quedan pocos lugares para mantenerse en el anonimato y conservar la privacidad, a menos que uno quiera vivir de manera libre y autosuficiente, lejos del entorno urbano y fuera del alcance de Internet.

Igualmente, a medida que aumentan las incertidumbres económicas, políticas y ambientales se vive un aumento en el pensamiento supersticioso. En las últimas décadas esta mentalidad ha echado raíces y ahora avanza rápidamente.10 El número de solicitudes de exorcismos a la Iglesia católica en Italia ha aumentado considerablemente hasta alcanzar unas 500.000 al año.11 Hace apenas unas décadas, ser exorcista era una ocupación en peligro de extinción, pero hoy ha dejado de serlo. Ahora es una industria en crecimiento.

También abundan las leyendas urbanas, que pueden considerarse una forma de superstición. Cabe señalar que cualquier creencia que se tenga puede encontrar verificación mediante algunas búsquedas en Google. La información inexacta es tan frecuente y accesible como la información precisa, y existen pocas maneras de diferenciar una de otra.

Las noticias falsas también pueden ser interpretadas como superstición, pues aunque los fragmentos no tienen sentido lógico, cuando se ajustan a las ideas que uno tiene, deben de ser verdad. Dado que los gobiernos y sus agencias no encuentran ninguna razón para desmentir los rumores cuestionables —e incluso los originan— si estos cumplen con sus propósitos, es probable que conclusiones equivocadas, suposiciones inexactas y falsas creencias sigan siendo tan frecuentes como los falsos pronósticos, consejos y supersticiones de los mercados y foros de antes.

Hemos superado incluso el pasado en cuanto a nuestra sofisticación en términos de pensamiento mágico. Ahora tenemos el efecto Mandela, que toma elementos de la Teoría de Cuerdas y la flexibilidad de nuestros recuerdos para establecer la creencia de que vivimos junto a un universo paralelo que poco a poco se filtra en el nuestro.12 ¿Es esto superstición, leyenda urbana o noticia falsa? Aquí las líneas se desdibujan, y todo lo que queda es nuestra imaginación y nuestra propia interpretación.

A pesar de la extraordinaria cantidad de información y desinformación que existe, el hecho de que cualquier creencia parezca mejor que ninguna, y que incluso la más ilógica sirva a la confianza y la autoeficacia de los creyentes, aumenta la probabilidad de que fracase cualquier intento de eliminar el pensamiento inexacto, como fallaron los esfuerzos del Imperio por librar a Roma de Isis y de aquellos molestos cristianos, que al final se mostraron más expertos en la conquista que el mismo Aníbal.

El 2 de mayo de 1935, Winston Churchill dijo ante la Cámara de los Comunes:

“Cuando la situación era manejable se descuidó, y ahora que está completamente fuera de control aplicamos demasiado tarde los remedios que entonces podrían haber servido. No hay nada nuevo en la historia. Todo es tan viejo como los libros sibilinos. Todo cabe en ese largo y sombrío catálogo de la infructuosidad de la experiencia y de la incapacidad confirmada de la humanidad para aprender. La imprevisión y la falta de voluntad para actuar cuando la acción hubiese sido simple y eficaz, la ausencia de claridad de pensamiento, la confusión hasta que surge la emergencia, hasta que el instinto de conservación golpea su irritante gong; estas son las características que constituyen la interminable repetición de la historia.13

Y así son las cosas.14


      1. Dixon W. (1961) I Ain’t Superstitious (Grabado por Howlin’ Wolf), disco sencillo de 45 RPM, Chicago, IL: Chess label. Grabado en diciembre de 1961. [Nota: Jeff Beck grabó su versión en 1968 con Rod Stewart como vocalista].
      2. Superstition (2016) en Oxforddictionaries.com. Consultado el 4 de mayo de 2017 en https://en.oxforddictionaries.com/definition/superstition.
      3. Damisch, L. (2008) Keep your fingers crossed! The influence of superstition on subsequent task performance and its mediating mechanism. Consultado el 4 de mayo de 2017 en https://core.ac.uk/download/pdf/12010169.pdf.
      4. S.A. (S.F.) I Understand It Brings You Luck, Whether You Believe in It or Not. Quote Investigator.com. Consultado el 4 de mayo de 2017 en http://quoteinvestigator.com/2013/10/09/horseshoe-luck/.
      5. Hutson, M. (2015) The Science of Superstition. The Atlantic. Consultado el 4 de mayo de 2017 en https://www.theatlantic.com/magazine/archive/2015/03/the-science-of-superstition/384962/.
      6. Livy, T. (1965) The War with Hannibal. Aubrey De Selincourt, traductor. Londres, Reino Unido: Penguin Books.
      7. Amundgaard, B. (2015) The Sibyl of Cumae. Classical Wisdom Weekly. Consultado el 4 de mayo de 2017 en http://classicalwisdom.com/sibyl-cumae/.
      8. Livy, op. cit.
      9. Angus, S. (1928) The Mystery-Religions. Nueva York, NY: Dover Publications.
      10. Damisch, op. cit.
      11. Williams, T.D. (2016) Report: As Satanism Grows, Italy Experiencing A ‘Boom’ in Exorcisms. Breitbart.com. Consultado el 4 de mayo de 2017 en http://www.breitbart.com/london/2016/10/13/report-satanism-grows-italy-experiencing-boom-exorcisms/.
      12. S.A. (2016) The Mandela Effect: Conspiracy theorists believe we’re living in colliding alternate realities. News.com.au. Consultado el 4 de mayo de 2017 en http://www.news.com.au/lifestyle/real-life/wtf/the-mandela-effect-conspiracy-theorists-believe-were-living-in-colliding-alternate-realities/news-story/ac488ee2426335f09d781f50c26ba33a.
      13. Churchill, W. (1935) Those Who Fail to Learn From History. The National Churchill Museum. Consultado el 4 de mayo de 2017 en https://www.nationalchurchillmuseum.org/blog/churchill-quote-history/.
      14. Vonnegut, K. (1969) Slaughterhouse-Five. Nueva York, NY: RosettaBooks.
        [Nota: terminé este artículo con 14 citas, pero no porque sea supersticioso ni nada por el estilo].

 


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