Coincidencia y significado

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Marzo de 2016
Iván Obolensky

Los seres humanos nacemos con un instinto innato para ver patrones en el mundo. Parte de nuestra naturaleza consiste en encontrarlos. Un patrón es la coincidencia. Se define como la ocurrencia extraordinaria de eventos sin conexión causal aparente. Las coincidencias, cuando se producen, parecen particularmente significativas, nos brindan razones para preguntarnos cómo deberíamos interpretarlas, qué quieren decir.

La serendipia describe aquellas que son afortunadas, aunque no todas las coincidencias lo son.

Por ejemplo, el Daily Chronicle de Londres informó el 3 de noviembre de 1926 que el famoso violinista A. C. Peckover había despertado esa mañana sin poder ver. Fue trasladado al Hospital de Oídos y Ojos de Bradford, el mismo centro donde su padre había sido llevado el mismo día desde un lugar diferente. Ambos habían sido atacados por la ceguera al mismo tiempo.1

Esta noticia fue recopilada por Charles Fort.

Fort nació el 6 de agosto de 1874 en Albany, Nueva York. De niño era considerado como inteligente y curioso, aunque no le iba bien en la escuela. Los biógrafos señalan el autoritarismo de su padre como la fuente principal de su rechazo ante cualquier tipo de autoridad, en particular la impuesta por las ciencias. Fort aspiraba a ser un novelista y escribió diez novelas, de las que solo se publicó una. A partir de 1905 comenzó a reunir notas sobre sucesos extraños. Pasó años en las bibliotecas públicas de Nueva York, revisando todos los periódicos científicos escritos en francés y en inglés desde 1880. Recopiló 25.000 notas similares a la anterior.

A la edad de cuarenta años heredó los fondos suficientes para dedicarse por completo a su fascinación por los hechos. Él y su esposa viajaron a Londres, donde Fort pasó sus días en el Museo Británico y reunió 40.000 notas más.

El mismo año de su fallecimiento (1932), publicó el último de los cuatro libros que contienen las notas y teorías reunidas. El primero, The Book of the Damned, se había publicado en 1919.

Aunque algunos piensen que su fascinación por lo extraño y oscuro era completamente intrascendente, cabe decir que sus crónicas de sucesos insólitos e inexplicables inspiraron películas, historias de ciencia ficción y literatura fantástica. Por ejemplo, la lluvia de batracios en la película Magnolia surgió de Fort, al igual que la idea de la abducción extraterrestre. Los personajes en las obras de Stephen King, Eso y Ojos de fuego, tienen sus raíces en las investigaciones de Fort. También fue uno de los primeros en especular que algunas luces extrañas en el cielo podrían ser vehículos del espacio exterior. Fort incluso acuñó el término “teletransporte”.2

Fort era un escéptico de la ciencia y condenaba su hábito de esconder bajo la alfombra los hechos inconvenientes.

Escribió:

“… Mi más vivo interés no es tanto por las cosas, sino por las relaciones entre las cosas. He dedicado mucho tiempo a pensar en las supuestas seudorrelaciones conocidas como coincidencias. ¿Qué pasaría si algunas de ellas no fuesen coincidencias?”.3

Fort no fue el único que profundizó en el tema. Otros llevaron el concepto aún más lejos.

El biólogo austríaco, Paul Kammerer (1880-1926), publicó un libro titulado La ley de la serialidad en el que describe 100 anécdotas de coincidencias. Kammerer sostenía que todos los eventos se conectan por olas de serialidad. Las coincidencias eran resultado de fuerzas desconocidas. Los sucesos extraños y las coincidencias se producían en ondas con picos y valles. Enfatizaba que esto no era un fenómeno sobrenatural, sino físico. Einstein consideró sus ideas interesantes y de ninguna manera absurdas. Kammerer se pasaba horas sentado en los parques observando y registrando cuando un transeúnte dejaba caer algo, en busca de patrones.4

Incluso Shakespeare se dio cuenta de que las cosas malas vienen en oleadas. En Hamlet, escribió:

“Cuando llegan las penas, no lo hacen una a una sino en tropel, como batallones”.5

Las coincidencias suceden, pero ¿cuál es su significado? Tal vez el observador más notable fue el psiquiatra suizo Carl Jung. En un documento de 1952 titulado Synchronicity – An Acausal Connecting Principle acuñó el término “sincronicidad”. Jung utilizó esta palabra para describir eventos coincidentes sin ninguna conexión obvia y que, sin embargo, parecen relacionarse con nosotros de una manera significativa. Los experimentamos y nos transforman. Nos quedamos asombrados cuando podemos dar un breve vistazo a situaciones muy distintas de las mundanas.

A modo de ejemplo, Jung describe una paciente joven que era bastante inaccesible a la terapia. Siempre sabía más que los demás, era muy instruida y tenía una manera establecida de pensar. Nada distinto a una visión sistemática y racional del mundo cabía en su mente. Jung esperaba que su paciente pudiese experimentar algún evento inesperado e irracional que sacudiera su certeza. Una noche, la paciente soñó que alguien le daba una pieza especial de joyería con la forma de un escarabajo de oro. Mientras ella le contaba su sueño, Jung escuchó un insecto volador grande que golpeaba repetidamente la ventana. Era extraño, por lo que abrió la ventana y lo atrapó. Se trataba de un cucarrón verde dorado que parecía un escarabajo. Jung se lo entregó a la paciente. El incidente fue tan inusual y oportuno que le permitió a ella revaluar sus ideas fijas y su pensamiento. Fue un ejemplo de sincronicidad.

Jung creía que la vida no era solo una serie de eventos y resultados aleatorios. Por el contrario, la vida expresa un orden más profundo. Las coincidencias significativas juegan un papel crucial para hacernos cambiar los conceptos acerca de nuestra propia importancia y acoger una visión más amplia y elevada.6

A pesar de los aspectos en parte paranormales de sus observaciones, Jung tuvo cuidado de expresar el carácter provisional de este trabajo. No obstante, consideró que cuando las coincidencias empiezan a acumularse, uno no puede dejar de impresionarse y de darles un significado importante, una interpretación que no concuerda con apreciaciones más materialistas y racionales.

Los investigadores que siguieron utilizaron el trabajo de Jung como un trampolín hacia el mundo de los fenómenos psíquicos y lo oculto, que ha estado en conflicto desde entonces con las doctrinas establecidas.

La ciencia, en un esfuerzo por controlar la especulación injustificada y la fantasía, ha abordado el tema de la coincidencia de varias maneras.

J. E. Littlewood (1885-1977), de Cambridge, postuló la ley de Littlewood, que puede verse en una colección de sus trabajos publicada en 1986. En ella sostiene que una persona puede llegar a experimentar un milagro o un evento cuya probabilidad de ocurrencia sea de uno en un millón, aproximadamente una vez al mes. Littlewood suponía que un evento tenía lugar cada segundo mientras una persona estuviese despierta. Suponiendo que uno pasa así ocho horas al día, podría vivir 28.800 eventos por día y más de un millón de eventos en 35 días, o alrededor de un mes. También presenciaría, en el transcurso de una vida larga, un evento de los que suceden una vez cada mil millones. Esto significa que un milagro no es, de hecho, un milagro, sino una probabilidad esperada como ganar la lotería. Los milagros no eran para Littlewood producto de magia profunda, sino un resultado como cualquier otro.7

Similar a la anterior es la Ley de los números realmente grandes, establecida por un matemático de Stanford y un estadístico de Harvard. En ella se señala que cuando se tiene una muestra de un tamaño suficientemente grande, es probable que suceda algún hecho excesivo e improbable. Una vez más, los milagros son posibles y cuando exista una población lo suficientemente grande, ocurrirán en todas las formas, sin importar lo extraños que sean. No son algo sobrenatural ni producto de la voluntad divina. Se trata simplemente de resultados de la misma clase que cuando no sucede nada excepcional.8

Para la ciencia y las matemáticas, las coincidencias no tienen un significado distinto del que decidamos darles. Les otorgamos importancia porque estamos predeterminados a hacerlo. Esto se conoce como apofenia, la inclinación humana a percibir patrones significativos en conjuntos aleatorios de datos.9

No hay magia en la vida; solo nuestra sed de significado.

Otro aforismo científico es que la correlación no implica causalidad. La coincidencia es simplemente correlación con otro disfraz.

En sentido estadístico, la correlación existe cuando dos eventos se relacionan de alguna manera, pero no necesariamente porque uno dé lugar al otro. Por ejemplo, el número de automóviles vendidos en Estados Unidos y el número de entradas de fútbol adquiridas durante el mismo tiempo pueden estar correlacionados. Posiblemente muestren la misma tendencia en un gráfico. Si al examinar los datos uno llega a la conclusión de que existe una relación causal o que la relación es significativa, está haciendo una suposición que es dudosa, si no errónea.

A pesar de este peligro, mucha evidencia científica y muchas conclusiones se basan en correlaciones de variables, simplemente porque resulta difícil no hacerlo. En el campo de los estudios médicos, es difícil por razones éticas emplear una prueba doble ciego (una en la que ni el administrador ni el paciente saben si están recibiendo un placebo). ¿Es justo darle a un paciente de cáncer un placebo cuando el fármaco que se está probando puede terminar funcionando y cuando hay vidas en juego? Estudios de correlación como el Análisis de varianza (ANOVA en inglés) u otras pruebas estadísticas similares son utilizados con regularidad, ya que son pocas las herramientas disponibles.10

No obstante sus connotaciones negativas, la coincidencia resulta útil, incluso en el mundo científico y de la ingeniería. No hay nada como una coincidencia sospechosa para llevar a un investigador a indagar con más profundidad. La coincidencia puede simplemente descartarse sin más, pero es difícil no tener en cuenta el número de avances científicos, el descubrimiento de la penicilina entre ellos, que se basaron en la coincidencia como el punto de partida de una investigación.

Además, solo porque no exista una correlación lógica o de relación causal entre dos eventos no quiere decir que no puedan estar vinculados por debajo de la superficie mediante una relación oculta.

Enterrado en la caja de herramientas del estadista hay un concepto llamado variable de confusión o tercera variable. Supongamos que se descubre una correlación positiva y estadísticamente significativa entre el consumo de refrescos y los ahogamientos entre las edades de 6 y 16 años. Se encuentra que ambas variables no tienen relación causal directa a pesar de su correlación significativa, hasta que se busca y se identifica una tercera variable: el hecho de que sea verano.11

La ciencia no tiene ningún problema con los milagros, solo el hecho de que los llamemos por ese nombre.

Que veamos o no la coincidencia simplemente como un resultado carente de significado, depende de nosotros. Es posible que percibamos muchos significados en eventos extraños, pero cuando las coincidencias se acumulan, lo advertimos. ¿Cómo podríamos evitarlo? Es lo que hacemos.

¿Son entonces las coincidencias simplemente eventos como cualquier otro?

Depende de cómo queramos interpretarlas. En cualquier caso, nos despertamos cada día para ser testigos de tal vez la mayor coincidencia y el evento más extraño de todos: que estamos vivos, todos y cada uno de nosotros, de manera singular, hoy, en este momento en particular. ¿Cómo es eso posible? ¿Es una coincidencia, o algo más?
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  1. Fort, C. (1933) Wild Talents. Kindle Edition. Obtenido de Amazon.
  2. Wallechinsky, D. (1995) History with the Boring Parts Left Out. Nueva York, N. Y.: Little, Brown and Company.
  3. Fort, cit.
  4. Downarowicz, T. (2008) Law of Series. Consultado el 3 de marzo de 2016 en: http://www.scholarpedia.org/article/Law_of_series.
  5. Shakespeare, W. (sf) Hamlet. Consultado el 3 de marzo de 2016 en: http://shakespeare.mit.edu/hamlet/full.html.
  6. Jung, C. G. (1952). Synchronicity: An Acausal Connecting Principle, 1973, segunda edición, Princeton, N. J.: Princeton University Press.
  7. Carroll, R. T. (2013) Littlewood’s law of miracles. The Skeptic’s Dictionary. Consultado el 3 de marzo de 2016 en: http://skepdic.com/littlewood.html.
  8. Carroll, R. T. (2014) Law of truly large numbers (coincidence). The Skeptic’s Dictionary. Consultado el 3 de marzo de 2016 en: http://skepdic.com/lawofnumbers.html.
  9. Poulsen, B. (2012) Being Amused by Apophenia. Psychology Today. Consultado el 3 de marzo de 2016 en https://www.psychologytoday.com/blog/reality-play/201207/being-amused-apophenia.
  10. A. (2015) ANOVA / MANOVA. Consultado el 3 de marzo de 2016 en http://documents.software.dell.com/Statistics/Textbook/ANOVA-MANOVA.
  11. McDonald, J. H. (2014) Confounding Variables. Handbook of Biological Statistics. Consultado el 3 de marzo de 2016 en http://www.biostathandbook.com/confounding.html.

 


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  1. Craig Houchin
    Craig Houchin03-17-2016

    Wonderful article! Thanks. We could ponder long on these questions, but we’ll probably still just have to be satisfied with shrugs and wonder. See you soon.

  2. Vicki
    Vicki04-25-2016

    I’d like to unite two ideas together…
    Apophenia + the confounding third variable =
    a sort of 6th sense, visceral, invariably leading to recognized patterns of behavior.
    That’s my story and I’m sticking to it.
    Bless you both and your insightful thoughts.

  3. Georgette
    Georgette04-25-2016

    It may not be a coincidence that we are alive, but it’s certainly “meaningful” at least to each one of us 😉

  4. Ron
    Ron04-25-2016

    Interesting article. When I ran an ad agency in Denver in the 70’s, a lot of my staff were well educated lost souls smoking pot and kicking back. One girl in particular lived her life by noting meaningful coincidences in everything. Whatever action she was taking or about to take, some seemingly unrelated event could easily redirect or derail her. My favorite story was around Thanksgiving in 1974. She was my executive secretary and I took about 10 days off to visit family in the Milwaukee area. The day I left, our receptionist quit. No problem. My girl called me and I authorized her to hire a new one. She asked if she could hire her roommate. I readily agreed. Unfortunately, the roommate chose that time to run off with her boyfriend. My girl saw that as some kind of message and didn’t hire anyone. She didn’t bother to tell me, and when I returned, the whole staff was mad as hell at me. Rendy, the girl’s name, explained her decision thusly. “You only told me to hire Sandy. When she didn’t come, I felt someone was telling me you didn’t really want a receptionist.”

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